Don Roberto y el Perro

Muchas veces hemos pensado que nuestro hijo/a nos quita tiempo, no podemos salir con nuestros amigos como antes, nos enfadan y en muchas ocasiones nos hacen llorar porque no sabemos qué hacer. Ningún padre o madre nace experto, aprendemos sobre la marcha. Nuestros hijos son nuestros ángeles de la guarda, que los humanos siempre miramos lo malo y dejamos de lado lo bueno. Cuantas veces no nos ha sacado una sonrisa con algún dibujo o con alguna frase graciosa que repite de nosotros y  nos vemos reflejados en esa pequeña criatura.

Con este pequeño cuento queremos hacer una reflexión, un llamado de atención para que no dejemos pasar el tiempo y disfrutemos al máximo de nuestros pequeños, que aunque crezcan siempre serán nuestros bebés.

NO SEAMOS COMO DON ROBERTO, CUIDEMOS DE NUESTRO ÁNGEL DE LA GUARDA ASÍ COMO ÉL CUIDA DE NOSOTROS.

Aquí os dejamos un cuento para la reflexión…

“-Apenas puedo creer el precio que pagué por esta enorme mansión- dijo don Roberto, mientras desempacaba sus pertenencias en su nueva morada. Aquella vieja y enorme casona había estado en venta por bastante tiempo, sin que nadie hiciera una oferta por ella.

Casona abandonada

Don Roberto, un escritor solitario, necesitaba un lugar silencioso para poder terminar sus obras incompletas. La vieja casona representaba un recinto ideal. (…) ¡mira que no querer esta enorme propiedad por estar al lado de un cementerio!- se decía don Roberto a si mismo, mientras se regodeaba de la excelente compra que había realizado. -Por fin podré terminar mis obras en este lugar tan tranquilo y callado-

Una vez instalado, don Roberto se dio prisa y puso manos a la obra. Él gustaba de escribir por largos períodos ininterrumpidos y frecuentemente la noche lo sorprendía laborando. Fue precisamente en una noche, cuando se percató que la finca no sería el templo del silencio que él creía, ya que justo bajo su ventana, un perro blanco pasaría las noches ladrándole a su propia sombra.

Las primeras noches, don Roberto trató de ignorar los molestos ruidos de su indeseado compañero callejero. -Algún día tendrá que cansarse la pobre bestia- se decía para convencerse a si mismo que la paz regresaría.

(…) Justo cuando el perro comenzaba a ladrar, él bajaba la pluma y dejaba de escribir, puesto que lo invadía un odio profundo hacia aquel que le molestaba. No podía pensar en nada más que en la pregunta: ¡¿A qué horas se callará ese animal?!

Conforme más tiempo transcurría, don Roberto hacía crecer dentro de si un odio terrible, siempre temeroso de que se ocultara el sol y su tormento comenzara a hacer ruido toda la noche. Perdió la inspiración para escribir y al mismo tiempo desarrolló insomnio, con lo que se privaba del descanso reparador, necesario para amanecer fresco al día siguiente.

Poco a poco, se obsesionaba más con su molesto vecino, lo observaba durante largas horas en la noche, mientras ladraba furioso y protector a la nada. -¡Esta bestia ha perdido la razón! ya no puedo más, debo encontrar una solución para poder incorporarme a mis actividades, tengo dos meses de atraso en mis publicaciones y no permitiré que este animal endiablado se interponga en mi camino- Dijo Don Roberto mientras empuñaba con furia y mordía sus propios dientes.

Al día siguiente encontró la solución, envenenaría al indeseado para que éste le dejara en paz. (…) -Detesto hacer esto, pero es la única manera en que podré tener paz- Se dijo para tranquilizarse mientras buscaba en el ático el veneno para roedores. Antes de que cayera la noche, Don Roberto salió de su casa. Helado por los fríos vientos de octubre y estando acostumbrado a escribir junto a la chimenea, regresó por su largo abrigo negro y una desgastada bufanda, único regalo existente de su difunta esposa, para salir a buscar a al molesto perro.

El semblante del escritor era lúgubre y decidido. Sabía que para poder tener la tan anhelada paz, debía dar ese paso. -¡Es solo un animal! seguramente lo sacaré de su miseria-. Cuando encontró al perro, este le movió la cola y salió a su encuentro, como si de un amigo entrañable se tratara. Don Roberto lo contempló un poco, con su mirada fria y penetrante y el perro lo único que hizo fué echarse junto con él mientras movía alegremente la cola.

perro blanco

Por un instante, titubeó, pero decidido a encontrar descanso, le acercó una hogaza de pan, repleta del funesto raticida. El perro le dió una mirada al escritor, hubo un minuto de silencio y acto seguido lo engulló rápidamente. -Se nota que tenía hambre, ¡pobre animal! al fin de cuentas lo he ayudado más de lo que el mismo se imagina- Dijo para si, tratando de moralizar su acto.

El escritor decidió regresar rápidamente a su casa, para no presenciar el momento de la muerte. Además tenía mucho que festejar ya que por fin podría volver a dormir y terminar sus escritos pendientes. Solo un leve murmullo de conciencia le molestaba mientras se dirigía con ágil paso a su lúbugre morada.

Al entrar, Don Roberto corrió a su escritorio colocado cómodamente junto a la chimenea y al lado de la ventana que da hacia la calle donde el perro solía dar su estruendoso espectáculo. Se preparó una enorme taza de chocolate caliente y comenzó a escribir. -¡Esta noche no dormiré, será un festejo productivo por la paz que por fin puedo tener!-

Cayó la noche y tal como había sido previsto, era la más callada que había tenido en mucho tiempo. Fue tan espectral el silencio, que se podía escuchar el crujir de la vieja madera y las hojas golpeando suavemente las ventanas al desprenderse de los árboles. Todo iba maravillosamente, Don Roberto miraba incansablemente la calle en busca del molesto invasor, pero no encontraba rastros de él, sólo silencio y una noche oscurísima en ausencia de la luna.

Fue entonces que con horror vio las temibles sobras que salían del cementerio. Don Roberto presenció la marcha de mil sombras de ánimas atormentadas que se dirigían con paso lento pero seguro a su morada. (…) En ese momento escuchó golpear su puerta son temible fuerza, seguido de un horrible chirrido de bisagras producto del terrible impacto.

Con el corazón desbordante, corrió hacia la habitación más alejada de la casona, se atrancó tras una pesada puerta de roble y miró horrorizado por la ventana, como la finca era rodeada por una horada de sombras deformes. En medio del pánico, el escritor recordó que ya había tenido un encuentro con el perro blanco en ocasiones pasadas, su difunta esposa le comentaba como cuando iba al parque en ocasiones la seguía un amable perro blanco que solo se apartaba de su lado cuando ella entraba a casa. También recordó que durante su funeral, apareció un misterioso perro que se echó junto a la tumba, y no permitió que nadie se le acercase, como si la estuviera guardando.

Don Roberto, con lágrimas en sus ojos tomó papel y pluma y se apuro a redactar la siguiente carta:

“¡Vienen por mi!, puedo verlo ahora que ya es muy tarde. La horda de sombras de demonios y ánimas en pena clama por mi. ¿Cómo he sido tan ciego?. Juzgué a los habitantes de estos rumbos de supersticiosos y ahora me toca pagar el precio.

(…)

¿Cómo he fallado en verlo? en mi intento por tener paz asesiné a aquel guardián que mantenía a raya a mis adversarios, es por ello que toda la noche ladraba, estaba resguardándome de este terrible destino. Ahora que se ha ido, he manchado mis manos con su sangre y he de pagar el precio por ello.

(…) Solo espero que en el otro mundo pueda reunirme con mi esposa y poder pedir perdón cara a cara al noble espíritu que me resguardó y no supe valorar.”

Al día siguiente, Don Roberto  fue encontrado inmóvil en el suelo y su cara color grisácea acentuaba más los penetrantes ojos abiertos del escritor. El médico del pueblo dijo que la causa era  un infarto.”

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